Hay en el posparto un reloj diferente al que solía marcar el paso del tiempo antes de parir. Las horas son espesas, los días no tienen trazado un límite concreto que los separe de las noches; a veces, una alarma interrumpe el silencio y otras se suma al llanto para avisarnos de que hay un pecho, un biberón, una cicatriz o un pañal que atender. El movimiento de los cuerpos en posparto es lento: mamá y bebé comparten una curiosidad y un cansancio inmensos que exigen tomarse las cosas con calma.