Carlos Risco
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Articles by Carlos Risco
Sobre la capacidad de ver
El reflejo de uno a través del espejo. | @txarka.ilustracion Necesitamos nuestras locuritas personales. Momentos de absurdeces privadas en los que nadie debe entrar. Cositas simbólicas, particularmente bobas, para entregamos fervorosamente a lo estrafalario. Una canción especial cuando hierve la leche, un rezo secreto con los gatos, el juego de adivinar la posición de Sirio en su viaje por las ventanas de casa. Debe ser algo que hagamos conscientemente para rescatarnos a nosotros mismos.
Sobre gritar en el túnel
El túnel | @txarka.ilustracion Necesitamos nuestras locuritas personales. Momentos de absurdeces privadas en los que nadie debe entrar. Cositas simbólicas, particularmente bobas, para entregamos fervorosamente a lo estrafalario. Una canción especial cuando hierve la leche, un rezo secreto con los gatos, el juego de adivinar la posición de Sirio en su viaje por las ventanas de casa. Debe ser algo que hagamos conscientemente para rescatarnos a nosotros mismos.
Sobre el café
Café recién hecho siendo servido. | @txarka.ilustracion La palabra desayuno es fantástica. Su propia etimología es la negación de la renuncia. La voluntad de comer. De llenar el buche a propósito con el día nuevo. La acción de meterle algo al cuerpo, aunque no hubiera que hacerlo.
Sobre el día nuevo
Sobre el día nuevo | @txarka.ilustracion El sueño no es una reparación. Es una oportunidad. Un tesoro cotidiano para volver a ser otros después del gran acontecimiento de dejar de ser nosotros. La fortuna de volver a ser ligeros, sin traumas ni preocupaciones periféricas. Nuevos como el aire nuevo y soplado por primera vez. Sin dolores de cuerpo, sin textos por escribir, sin fruta por recoger.
Sobre el derecho a la oscuridad
Las sociedades avanzadas saben vivir a oscuras. Son muy pocas, pero conocen el misterio de la vida, por eso permiten al sol retirarse cuando tiene a bien hacerlo. Es importante descansar del brillo atómico del que gobierna todo esto. Regresar a la calma cetácea de la negritud del cosmos y estar presentes mientras reaparece el sembrado de estrellas, nebulosas y galaxias que dejan de estar cegadas por el gran fogonazo solar y vuelven a hacer vecino el firmamento.
Sobre el asombro
Sobre el asombro. | @txarka.ilustracion Hay que volverse pequeño para saber que la vida es grande. Ventilar los aires ufanos que soplan en estos tiempos ufanos. Y, sobre todo, recordar que cada uno de nosotros no es un ciudadano tributable, sino una colectividad microscópica, una galaxia de microorganismos desconocidos e inteligentes. De poco sirven el telescopio y el aumento atómico desde la arrogancia tecnicista.
Sobre el desencantamiento
Sobre el desencantamiento | @txarka.ilustracion Cada vida merece su propio relato. Hay que narrarse algo bueno a uno mismo. Habitar una pequeña épica. Sentir que el cuento que nos contamos es grande y sabroso, habitable, deseable. Esto es el alimento de un corazón que bombea con propósito, porque el corazón no es una máquina como nos quieren hacer creer los entusiastas civilizatorios, sino más bien un dios interior que sonríe y debemos comprender al margen de la razón.
Sobre los antepasados
Los asuntos importantes | TXARKA Están con nosotros. Si echamos la mano hacia atrás podemos tocar su mano. La mano de los que estaban antes. La de esos que llamamos antepasados. No están tan lejos. Y si nos ponemos a contar todas las manos que han ido tocando otras manos nos sorprenderá saber que todos estamos muy cerca. Apenas 100 generaciones desde la Edad del Hierro. Esto acaba de empezar.
Sobre la ducha cotidiana
Hay que estar aseados para recibir al fin del mundo. Intentar en lo posible que agua y jabón se lleven aquello que nos sobra. Hacerlo en la ducha, de buena mañana, cantando estribillos ñoños obsesivamente con voz grave, de monje. Debemos estar limpios de cuerpo y corazón. Lo primero es lo fácil. Quizá por eso insistimos tanto ahí, para que el perfume oculte otras podredumbres, narcotizar al otro con fragancias de artificio y simular una gracilidad espiritual sin residuo.
Sobre la bici tempranista
Sobre la bici tempranista Cada día es un acontecimiento que debemos celebrar. Celebrar con agradecimiento y haciendo fuerza en el ahora. Hay que echarle presencia para estar a la altura de este regalo que es la vida. Por eso, agradecerlo todo, agradecerlo mucho, agradecerlo siempre. Agradecer pero sin flipárselo, que la cosa de existir no requiere de afectación ni de pamplinas.
Sobre tumbarse en la hamaca
Sobre tumbarse en la hamaca | @txarka.ilustracion En pocas ocasiones puede sentir uno tamaña sensación de plenitud. Esa cosa de ser uno con el mundo. De comprender que la vida merece la pena, de que es buena e inocente. Todo eso sucede en la hamaca. Y sucede como si fuera la primera vez, que es en realidad como sucede siempre la vida. Apenas necesitamos un lienzo de tela y dos trozos de cuerda para tener una hamaca que habremos fijado a dos árboles compañeros. Qué gran fortuna.
Sobre escribir cartas
Opinión en La Región | La Región Es una alegría distinta, espaciosa, casi masticable. Está ahí, contigo, aunque la olvides en el desgaste de los días. Está y pinza la carne al llegar a casa y encontrar la palabra del otro empaquetada en el buzón. Con una carta se ilumina el casillero entre las facturas, si seguimos recibiendo facturas postales. Es aún mejor si nos pilla la entrega presentes e intercambiamos alguna palabra con el cartero, que es una de las últimas profesiones honestas.
La fuente de San Lázaro, el último jardín
Opinión en La Región. | La Región Hoy toca despedir esta columna. Y toca despedirla con algo que todavía permanece, donde nos ha dado la vida para gastar estos cuerpos. Nos vamos, por qué no, con la fuente del parque de San Lázaro. Esa fuente que fue robada al Monasterio de Oseira y que la ciudad nunca ha devuelto (apenas tuvo el detalle de hacerle una copia como penitencia). La fuente no es todo el parque, pero es el centro del parque.
Creer que la naturaleza nos pertenece
Creer que la naturaleza nos pertenece | @txarka.ilustracion 1 Las megaplantaciones de árboles extranjeros. Un monocultivo no es un bosque vivo, sino una multiplicación de la muerte, la puerta abierta al incendio y al desierto. La naturaleza es complejidad y solo en la complejidad habitan las criaturas sensibles. El silencio mortal de un monocultivo es también el silencio de una humanidad desahuciada. 2 El río estrangulado.
La plaza de Rairo
Cuando todo está perdido en el centro, hay que buscar en los arrabales. Es casi un mandamiento. La ciudad que se ha vuelto insoportable, tal vez guarde algo sincero en los márgenes. Hay que buscar en otra parte. De lo contrario, caeríamos en la locura.
Lo que debe permanecer con nosotros
Opinión en La Región. | @txarka 1 La bota ligera. Para llegar caminando a todos los sitios y atravesar los senderos enfangados que traen los años. Procurarse buenas suelas para los resbalamientos y no olvidar descalzarse cuando haga falta. Recordar a cada paso que somos seres caminantes y nunca cochistas. 2 La sonrisa fácil. Habrá que ponerse muy serios y ejercer la inocencia. Ir a su encuentro, recuperarla y habitarla, porque la inocencia se pierde constantemente y el corazón se resabia.
El piso de cemento uniforme
El piso de cemento uniforme | José Paz Nuestro ojo humano necesita un cierto sentido de la armonía. Además de hacerse fuerte en la complejidad y apreciar lo diverso (la naturaleza en estado salvaje es así), se ve reconfortado por las secuencias ordenadas, donde una belleza silenciosa se repite en formas distintas. Cuando esto sucede en la arquitectura lo sentimos como un masaje espiritual, como un reencuentro con la calma.
Cerrar la puerta al asombro
Cerrar la puerta al asombro. | @txarka.ilustracion 1 La luz que se hace azúcar. Es ahí, en esa danza de las hojas, el sol y la brisa donde sucede la vida que también late en nosotros. No hay milagro más incomprensible que la magia de los árboles haciendo transparente el aire que respiramos. Arrodillémonos ante la verdadera inteligencia, que es de clorofila. 2 El fuelle en nuestro pecho. Es en ese ritmo sagrado, el de los pulmones que respiran y el corazón que bombea, donde comienza el gran misterio.
La casa acorralada de civilización
Los vivideros son como glaciares. Mientras caen por la ladera van acarreando rocas y sedimentos despaciosamente, en una procesión silenciosa, la del pequeño tiempo que nos toca vivir en ellos. En esa corriente enorme bajan todos de pasado de diferente pelaje. Una masa múltiple de diferentes materiales de arrastre, piezas antiguas, sillares artesanos, carpinterías contemporáneas, cables ponzoñosos cruzafachadas, adoquines históricos sepultados por capas de chapapote.
Normalizar lo que no se considera normal
Normalizar lo que no se considera normal | @txarka.ilustracion 1 Colgar el teléfono. Y dejar a quienquiera que esté en el otro lado flotando en el limbo de los justos. No siempre tenemos que estar para todos y es agradabilísimo centrarse en el ahora y dejar de ser captados por eso que viene de fuera, que casi siempre puede quedar para después. 2 Decir que no. A esa cena. A ese fin de semana. A ese súper plan.
Los cubiletes del jardín japonés
Los cubiletes del jardín japonés. | Miguel Ángel Hay sociedades respetables de individuos despreciables. También sociedades despreciables de individuos respetables. En las primeras, están interiorizados los conceptos de conservación del patrimonio, de preservar la memoria, y nadie puede talar un árbol histórico, destruir un jardín, reformar una casa antigua con materiales contemporáneos o, sencillamente, echarla abajo. Eso está muy bien, aunque sus habitantes sean unos imbéciles.
Coger lucha por los asuntos que se nos escapan
Opinión en La Región. | txarka 1 La rodilla que cruje. Toda señal de desgastamiento tiene algo de buena noticia. Nos recuerda que la vida es un proceso de derrumbe y no hay por qué resistir en nuestro viaje al desaguadero. Hagamos como los sabios: permitamos a nuestro cuerpo ser un madero y hacer de la mente ceniza. 2 El secuestro de 9 a 5. Los humanos no hemos aprendido una vida virtuosa con nosotros mismos y el resto de criaturas sensibles.
Los tilos del convento de San Francisco
Opinión en La Región. | José Paz Habitamos una ciudad fuera del tiempo. Esto podría ser una alegría exótica para un visitante hace 50 o 60 años, porque encontraría a una vieja ciudad episcopal, intacta, pura memoria echada hacia afuera. Auria, como decía Cunqueiro, era una “pequeña Compostela”, conservada en piedra y dueña de un atraso pintoresco, aunque casi no queda nada de eso. Esta ciudad, o lo que sea que es, se ha apartado de aquel pasado humilde para estallar en el cataclismo por desidia.
En el amor
En el amor | @txarka.ilustracion 1 Hacer la risión. Tiene que haber carcajada y mandibuleo en la cosa del querer. La risa es importantísima. Con ella se acorta la distancia entre dos personas y es ahí, y sólo ahí, cuando se accede a todo el conocimiento necesario sobre el otro. En la risa está la mejor intimidad. 2 Las canciones domésticas.
El banquito de piedra que aún queda en el jardín
El banquito de piedra que aún queda en el jardín. Es la noticia de estos días. Lo que ya sabíamos. A la ciudad le han robado un parque. Han destruido el jardín del Posío, aquel sueño botánico decimonónico. Ahora no hay jardín antiguo que valga. Apenas es una plaza ajardinada. Y ajardinada con muy mal gusto. El del mentecato que no comprende la vivacidad compleja de un jardín antiguo, la sagrada presencia de los árboles sabios.
Negarse a uno mismo una intimidad opípara
Negarse a uno mismo una intimidad opípara | @txarka.ilustracion 1 Echarle huevos. Y atreverse a vivir fuera de toda norma absurda y hacer rutina con lo que nos parezca bien. Recordar aquello que ya sabían los griegos: que para ser feliz hay que ser libre y para ser libre hay que ser valiente. 2 Hablarle al chaval de la foto. Reconocer esa sonrisa y aquel brillo de ojos. Recordar los sueños viejos y la sed de aventura que permanecen.
La aldea que sigue estando debajo
Opinion en La Región. | José Paz Pasa en toda época y toda geografía. Es la vida, que se va depositando en el paisaje. Primero las casas y callejas que, como escamas de sal, van formando un territorio vivido, el carácter de la tierra. Después, la revisión de los hombres, que proyectan sobre plano los sueños a medida de su propio tiempo. A veces con cierta comprensión, casi siempre con desprecio.
Aspirar a no gobernarse
Aspirar a no gobernarse | @txarka.ilustracion 1 Saberse vagabundo. Como cuando uno viaja en bicicleta y funda cada noche una ciudad al montar la tienda de campaña. Nadie se siente más despreocupado que el vagabundo, el ser más libre sobre la tierra, aquel que conoce la más intensa alegría de vivir, sin facturas ni horarios, hermano del colirrojo y la lagartija soleante. 2 Escapar del poder como de la infección.
Un fogonazo tropical en este desierto “humanizado”
Opinión en La Región. | José Paz Una ciudad en obras debería ser una buena noticia. Tendría que encerrar alegrías. Al menos, si pensáramos que las obras están bien concebidas y proyectadas y que llevan al conjunto de ciudadanos hacia alguna parte.
Olvidar el gozo de escribir en tiempos de la IA
Cosas que no convienen | @txarka.ilustracion 1 - Para comprender el mundo. Recordar que la mano tecleante tira del corazón y el corazón empuja el pensamiento. Cuando somos sinapsis y teclado nos completamos y extraemos conclusiones inauditas sobre la vida y nosotros mismos. 2 - Para ordenar. Esta distopía nos quiere hacer creer que los procesos de pensamiento humano son concretos, rectilíneos, fríos y pre regulados.
Las rejas de la fábrica de chocolate
La prueba es muy sencilla. Hay que perderse por las costuras de la ciudad, por cualquier barrio al azar. Basta asegurarse de llevar los pies a buen paso y el corazón tranquilo. La tranquilidad es importante para que el ojo esté suelto, independiente del andamiaje de carne y pensamientos. Dejemos que sea él quien se detenga, permitiéndole posarse en los detalles definitivos.
Estar abiertos a las alegrías inesperadas
Estar abiertos a las alegrías inesperadas | @txarka.ilustracion 1 Practicar la inactualidad. Y no cruzar pensamiento con el chorro de la sobreinformación, que es una evasión narcótica que ocupa todo. Darle la espalda a tanta maldad encendiendo en el corazón la esperanza, que es todo lo contrario a la huída viciosa de la hipernoticia. 2 El gato que toma el sol.
Lo que nos queda del sueño ciudad-jardín
Lo que nos queda del sueño ciudad-jardín | José Paz No siempre hemos estado tan separados de todo. Aunque la destrucción de la naturaleza se ha acelerado en las últimas generaciones y, tractor, grúa y bulldozer mediante, el mundo se va convirtiendo en un erial, la cosa no ha sido siempre así. Hasta hace no tanto se comprendía que la vida necesitaba de la vida verdadera, es decir, de la complejidad armoniosa de árboles y pájaros, de flores e insectos.
Lo que dejan de hacer los alcaldes de pueblo
1 Ayudar al bosque. Pueblos y aldeas son pequeñas embajadas de la civilización en los últimos territorios salvajes (si acaso quedan territorios salvajes). Deben comprender su responsabilidad hacia las vidas silvestres para respetar a las familias de árboles nativos y a todo animal sensible. 2 Repensar lo rural. Comprender la excepción de habitar donde aún reside la vida tiene que servir para abrir las orejas y cuestionarse rumbos y tendencias.
La plaza de la biblioteca, un urbanismo de posibilidad
La plaza de la biblioteca, un urbanismo de posibilidad Una ciudad son muchas ciudades al mismo tiempo. Están las ciudades ocultas por la fealdad (la arquitectónica y la de los pensamientos mediocres) y también las que florecen en rincones simultáneos, como esas plantas a las que le sienta mejor la sombra del porche y no saben nada de sus compañeras de jardín. Es hermoso pensar en la ciudad múltiple. Nos conviene pensarlo y habremos casi de invocarlo.
Para mantener el entusiasmo en estos tiempos de barbarie
1 Cantarle al gato. Una canción absurda, con letra infantil y sobre una estrofa popular. Repetirla como un mantra monocorde para calmar los nervios y que nos acerque espiritualmente a la fiera y a nosotros mismos. 2 Conocer la provincia. Reconocer el paisaje próximo y permitir que el corazón destile una emoción nueva y pura caminando por el sendero viejo. Ser bien conscientes de que uno puede conocer la verdad del mundo sin salir de la aldea. 3 Hacer la cocinación.
El puente viejo que permiten seguir siendo viejo
El puente viejo que permiten seguir siendo viejo. Hay paseos que uno debe prescribirse por norma. Paseos de cabotaje, sin grandes ni ambiciosas distancias pero sí paseos con una suerte de método. Porque es al caminar los lugares domésticos cuando podemos estar en el ahora mismo, que es la forma más clara de eternidad. Conviene, por tanto, elegir una ruta sencilla, fácilmente ejecutable, para seguirla con firmeza y entregarse a la repetición para conseguir lo distinto.
Desatender a los grandes maestros
Desatender a los grandes maestros | @txarka.ilustracion 1 Hacer como los pájaros. Cantar al amanecer, agradeciendo esta vida incomprensible, ocupándose de vivirla y no de descifrar. Hacer arquitectura sin arquitecto para fundar un hogar cada primavera. Recuperar la sustancia nómada, viajando con los semejantes y darle esquinazo al invierno. 2 Vivir como el vagabundo. Despreocupado y alérgico al trabajo y toda organización subyugante. Ese es el ideal del sabio chino, pobre y poeta, suficiente y feliz.
La villa abandonada que hace a la ciudad mejor
Opinion en La Región | José Paz Uno supone que se llamaría Villa Mercedes, aunque le falte el cartelito de villa en el otro pilar de la verja de hierro. Es una villa azul, de un azul que fue azul y ahora es esa especie de tono ya orgánico, oxidado hasta casi ser del color de un jardín. Porque toda esta villa es ahora un jardín. Se la encuentra paseando por los cinturones menores de esta ciudad-cataclismo, embutida entre edificios feos, que algún corazón bueno debería dinamitar algún día.
Ir cumpliendo grandes sueños
1 Invocar a la golondrina. Subir al alero de una ruina próxima y colocar un nido para proponerles casa. Ojalá lo hagan suyo y poder tenerlas de vecinas con sus vuelos gloriosos y su júbilo de eternidad. 2 Una bomba de agua manual. Para bombear el agua dormida bajo nuestros pies y hacerla salir como por encantamiento. Una bomba sin electricidad ni trucos, con la que regar los árboles del bosque nuevo y refrescar el cuello cuando el verano implacable. 3 Estar contento casi todo el tiempo.
Adoquines bajo el asfalto de avenida de la Habana
Los adoquines | Miguel Ángel Debajo de la vida de superficie está la vida verdadera. Una herida abierta en el asfalto enseña el adoquín de adentro como un descosido irremediable, como un tropezón de tiempo, como aquellos calcetines. La calle enseña el hueso.
Olvidar cuando se llega a los 50
Olvidar cuando se llega a los 50. | @txarka.ilustracion 1 Que nuestro único activo es el tiempo. Y que, como cada día gastado no vuelve, tenemos que comprometernos seriamente cómo lo usamos y cómo lo intercambiamos. Cada hora vendida estará siempre mal pagada porque no hay moneda capaz de pagar esta vida mágica. 2 Que el gran éxito es la familia. Y pobre de aquel que fracase en su reencarnación.
Las costuras de ciudad que siguen siendo aldea
Quizá, un turista frivolón, después de darse un garbeo por lo que queda de Auria podría concluir que aún sobrevive algo. Tal vez sea capaz de distinguir algo digno en la zona vieja en este amasijo de edificios feos y calles-autopista.
Inventarios de pequeños éxitos
Inventarios de pequeños éxitos | @txarka.ilustracion 1 Recordar que cada día es nuevo. Que la vida siempre comienza. Y que la vida es inocente. Saberse libre de cualquier peso, apartar los problemas periféricos y venir a la consciencia limpios en la mañana limpia del mundo. 2 Disolver la culpa. Que las noches sirvan como digestiones para el espíritu donde el sueño fermenta las pequeñas frustraciones hasta convertirlas en un residuo amigable, que se elimina en la digestión temprana.
Las hierbas vagabundas de la cárcel vieja
Las hierbas vagabundas de la cárcel vieja. | José Paz Es quizá la gran vergüenza de la ciudad reciente. Una cárcel, que ya de por sí es una mala noticia, una noticia avergonzante. Una cárcel terrible donde sucedieron cosas terribles en aquellos años terribles que algunos quieren dejar pasar para que la desmemoria se haga pasar por inocencia. Quizá porque el olvido es la condición del comienzo y quien obliga a olvidar obliga a recomenzar.
Distinguir el resplandor apocalíptico de la civilización
La máquina de vending, que expone la comida falsa que nos hace enfermar. | @txarka.ilustracion 1 Los focos blancos de la oficina. Que son blancos como los del centro comercial o la granja de pollos. Luces insanas, estudiadas para arrancar de nuestros espíritus pensamientos podridos como la productividad y la eficiencia. Apagarlas enciende nuestro pensamiento. 2 Las mochilas amarillas.
A esa puerta que resiste
La puerta de Auria tendría que ser el barrio de A Ponte. A las ciudades debe llegarse caminando o en tren. Llegar despaciosamente. E ir ingresando en el vividero por las primeras costuras, comprender la salpimenta de casas y barrios hasta conocer la intimidad de un lugar, que debería guardarse del coche y de toda infección de ruido con intenciones reales y pensadas.
Conocer (y reconocer) a los pájaros del jardín
Conocer (y reconocer) a los pájaros del jardín. El herrerillo tenaz. Con su canto-martinete, este amigo de pecho amarillo es la felicidad que abre y cierra el día. Alguno he enterrado bajo el sauce, muerto por los gatos implacables. Y les pido perdón rellenando los comederos, colgando casas-nido, dejándoles agua fresca cuando el verano. El arrendajo chivato. Este primo de la urraca ayuda a caminar al bosque con sus despensas de bellotas olvidadas.
El balconcito discreto que nos hace mejores
Es una tarea circular. El corazón se endurece, nos resabiamos y vamos de expertos por la vida. Después todo se va ablandando, la mirada se hace tierna, volvemos a sabernos ignorantes. Ese debería ser el trabajo como humanos adultos. El regresar. Regresar a la inocencia. A la capacidad de ver sin juzgar. A sacarnos de encima esa capa de ideas plomizas que nos vuelven imbéciles al pasar de barro a costra.
Polímeros para morder (y escribir)
Como cualquier colegial de esa España nuestra de los ochenta, aprendí a escribir a lápiz. Utilizaba aquellos maravillosos Staedtler negros y amarillos que afilaba poco y mordía mucho. En algún momento, no recuerdo cuál, crucé el umbral de una pequeña madurez académica y pasé del lápiz al bolígrafo. Para entonces ya llevaba muchísimas libretas de caligrafía Rubio, algo que me habrá perseguido toda la vida porque soy un honrado ser de mala letra.
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