Al menos una vez a la semana, Hannah Murray tiene un pensamiento abrumador: “¡Gracias a Dios que ya no actúo!”. Puede estar subiendo las escaleras con una taza en la mano, o sentada en su escritorio abriendo el ordenador, sacando una cazuela del horno o paseando por la calle principal del pueblo del este de Inglaterra, donde vive ahora. El pensamiento llega acompañado de lo que ella describe como una especie de alivio físico total.