Estoy en un restaurante tailandés, cerca de la Sagrada Familia, conversando con una amiga catalana. Le cuento de mi país. No paro de hablar de Cuba. De los últimos acontecimientos y de cómo se ha ido poniendo todo bien malo. Le hablo de los que están presos, de los que están exiliados, de algunos amigos y conocidos. La escena es bien rara. La decoración del local tiene unos neones, unas letras asiáticas y un cuadro con dos gobernantes tailandeses. Ella trata de entender Cuba.