Es martes y 13. Día de entrenamiento. Nos advierten que seamos puntuales. 8.15 de una mañana plomiza. Tres minutos después, ya en la sexta planta. Hemos llegado en un ascensor no autorizado al público. Y cruzamos la última puerta blindada que nos queda por sortear. Sólo es posible abrirla con una clave impresa en una tarjeta que cuelga del cuello de nuestra guía. La sensación de que estamos cada vez más aislados del resto del mundo va en aumento. («Vais a alucinar», nos había prevenido Teresa).