“Siéntese, señor”, refiere la mujer que ocupa el lugar reservado a un adulto mayor que utiliza aparatos electrónicos para mejorar su escucha, mientras se levanta del asiento y se prepara para bajar del trolebús en la próxima estación. Él, seguro de mantenerse de pie —o quizá por la cordialidad de esa generación que hoy representa tan solo el 13% de la población capitalina—, invita a otra mujer más joven a sentarse.