Hay dos palabras que recorren silenciosamente el nuevo capitalismo y que, sin embargo, explican buena parte de su violencia cotidiana: despido y exclusión. No como hecho excepcional, sino como principio organizador. Despedir-excluir no es sólo una decisión administrativa: es un acto de poder, una práctica disciplinaria y, cada vez más, una declaración moral sobre quién merece quedarse y quién debe desaparecer del mundo del trabajo.