Estuve ahí. En las gradas del Arrowhead Stadium de Kansas City, con la piel erizada por el himno y la garganta rota de tanto gritar. Y fue justo ahí, entre el bullicio y la frenética celebración por la victoria del equipo colombiano, en una fiesta amarilla, donde entendí algo que llevo días masticando: Colombia no necesita un milagro para convertirse en una “patria milagro”. Ya tiene la materia prima. Solo necesita creérselo. Déjame contarte por qué.