Con el humo asfixiando las calles y las alarmas de evacuación sonando sin tregua, ambos trabajaron contra el reloj para poner a salvo el ganado. Toni tuvo que improvisar un turbante con un trapo mojado para cubrirse el rostro y proteger sus maltrechos pulmones. «El fuego casi nos come», recuerda ahora. «Teníamos las llamas en los talones y no sabíamos si íbamos a poder salir a tiempo». En la comarca del Levante almeriense, el viento racheado y cambiante es un enemigo letal.