Cuando Gabriela Flax dejó su puesto en una gran empresa donde dirigía a 40 personas para dedicarse por completo a su negocio de coaching profesional y se mudó de Londres a Sídney, lo primero que notó fue el silencio. Dijo que sin el constante ajetreo, las voces de la oficina, los teléfonos y los timbres del ascensor, por fin pudo disfrutar de la tranquilidad que siempre había anhelado. Pero enseguida se dio cuenta: “¡Oh, estoy sola, no hay nadie a mi alrededor!”.