Conforme perdía batallas en la Segunda Guerra Mundial y su imperio de los mil años agonizaba, Adolf Hitler, mentalidad psicopática donde las haya, empezó a ver conspiraciones por todas partes. Obviamente unas venían de fuera, pero otras también se maquinaban de puertas adentro, de acuerdo a su perturbado criterio. Todas las confabulaciones albergaban un común denominador: el sionismo.