Pocas criaturas son tan importantes para la salud de los ecosistemas como las miñocas (en gallego, ‘lombrices’). Pequeñas y rosadas, definidas muchas veces como feas y desagradables, las miñocas son las ingenieras silenciosas de nuestros suelos. Al airear la tierra, mejorar la retención del agua o ayudar a fertilizar las plantas, estos seres vivos sostienen, sin que se les valore, parte de la vida del planeta. Los centros sociales en nuestros pueblos y ciudades hacen una labor parecida.