Hay una escena que se repite en muchas casas, cafeterías, parques y salas de espera. Un niño intenta contar algo. Un adulto responde “sí, sí, te escucho”, pero sigue mirando el móvil. El niño insiste, sube el tono, toca el brazo, se impacienta. El adulto levanta la vista unos segundos y vuelve a la pantalla. Al rato, quizá ese mismo adulto le dirá al niño que deja ya la tablet, que está demasiado enganchado. No lo digo para señalar a nadie. Todos, en mayor o menor medida, estamos dentro de esa escena.