Los líderes políticos europeos –todos, sin apenas excepción– creyeron que la incorporación de la mujer al mercado de trabajo compensaría con creces este fenómeno. Y durante un tiempo lo hizo, pero a la larga, al cronificarse y hasta acentuarse la bajísima natalidad, ya no bastó. Como ingenuos aprendices de brujo, dichos líderes se dijeron: '¿No se importan cereales cuando hay una mala cosecha? ¡Pues que se importen también trabajadores!'.