Vivimos en una época donde la justicia es exigida con fuerza, pero la misericordia parece escasear. Las redes sociales se han convertido en tribunales públicos donde una equivocación puede perseguir a una persona durante años. La cultura actual enseña a cancelar, señalar y condenar, mientras que cada vez son menos los que están dispuestos a comprender, restaurar y extender una mano al que ha caído.