La novela de Barcarrota empieza, como tantas otras, con el hallazgo de un manuscrito, o mejor dicho, de una decena de libros y un manuscrito. Corría el año 1992, y en la casa del pequeño pueblo de la provincia de Badajoz se estaban haciendo reformas: la piqueta horadó el muro y descubrió un hueco, dejando de paso su huella en el centro de uno de los volúmenes.