En 1997 el médico e investigador japonés Makoto Kuro-o cometió un error en el laboratorio en el que llevaba a cabo sus experimentos. Estaba intentando crear ratones con hipertensión cuando el material genético que manipulaba se insertó en el lugar equivocado y alteró un gen desconocido. Los ratones resultantes envejecieron a una velocidad pasmosa: en tan solo dos meses tenían arteriosclerosis, osteoporosis, deterioro cognitivo y piel arrugada.