No hay nada más melancólico que un estadio vacío. Después de que el último aficionado sale, cuesta creer que horas antes ese mismo lugar fuera capaz de hacer temblar la tierra. Sin actividad y sin público, no es más que un cascarón. Se parece a aquella mesa de billar sin bolas del cuento de Gabriel García Márquez, En este pueblo no hay ladrones, donde Dámaso las roba y condena a todo un pueblo a la monotonía al privarlo de su único entretenimiento.