El calor extremo ya no es “un verano fuerte”. Es una crisis climática en aceleración rápida, impulsada por emisiones humanas, que está convirtiendo ciudades enteras en auténticas trampas térmicas y poniendo contra las cuerdas a infraestructuras críticas. Los científicos advierten que eventos como estos —capaces de colapsar redes eléctricas y saturar hospitales— serían prácticamente imposibles sin el impacto del cambio climático provocado por el ser humano.