Hay algo profundamente revelador en la manera en que México vive el futbol. Un triunfo sufrido, apenas un 1-0 frente a Corea del Sur, bastó para que miles salieran a las calles, tocaran el claxon y por unas horas suspendieran las preocupaciones de todos los días. Como si el país entero hubiera decidido regalarse noventa minutos de tregua. Y quizá precisamente por eso resulta tan preocupante la tentación de convertir esa alegría espontánea en una prueba política. El problema no son los festejos.