Fugitivos del ajo / Pablo García Los hay que no soportan el cilantro, otros huyen de los salazones y algunos, entre los que me hallo, experimentan una hostilidad casi metafísica hacia las coles de Bruselas. El brécol o brócoli, desengañémonos, es una mandanga, que parece ser se come por razones benéficas saludables. Ninguna de esas aversiones, sin embargo, alcanza la dimensión cultural e histórica del rechazo al ajo.