Del rey Asurbanipal, que llevó las riendas del imperio asirio entre el 669 y el 631 a.C., no se tiene noticia de que haya construido algo con sus propias manos, por más que una estela de arenisca roja lo muestre cargando una cesta de piedras para restaurar un templo. Su nombre, para muchos de sus contemporáneos, era más bien sinónimo de destrucción y catástrofe: los elamitas, pobladores del territorio que abarca el Irán actual, podían dar fe de ello.