La llamada vía andaluza nunca fue únicamente un programa económico o una determinada forma de administrar los servicios públicos. Era, sobre todo, un relato. Andalucía aparecía como el lugar donde el PP había conseguido ocupar el centro político sin dejarse arrastrar por la lógica de la confrontación permanente. Mientras Madrid proyectaba la imagen de una derecha cada vez más polarizada, Moreno Bonilla cultivaba un perfil institucional, prudente y poco dado a los grandes gestos.