Fue una extraña búsqueda del tesoro, sin duda. Cuatro de nosotros deambulamos por el cementerio de Green-Wood, en Brooklyn, en busca de lápidas de neoyorquinos notables. Cada vez que nos equivocábamos de camino hacia Jean-Michel Basquiat o Leonard Bernstein, nos consolábamos reconociendo que aumentábamos nuestro número de pasos. Bob, el comediante de nuestro grupo, gritaba “¡Lenny!” cuando el mapa de papel que sostenía su mujer, Hope, resultaba inútil.