No me recuerdo sin un lápiz en la mano. Desde niña vivía imaginando historias que finalmente acababa plasmadas en un papel. Mi madre se encargó de guardar todas las que pudo y, cuando voy a su casa, todavía me pierdo en esas cajas llenas de blocs y folios pintados a dos caras. En el colegio nadie nos enseñó que se podía vivir del dibujo, desarrollar una carrera profesional.