No soy estúpida. Entendí que nadie me quitará la tristeza y que la vida que ahora ellos viven es algo que ya no corresponde a mi tiempo. Decidí no esperar a que otros decidan por mí, tal y como lo hacía en mi juventud, y eso cambió mi perspectiva. Antes de la escritura, mis hijos me llevaban y me traían con el especialista, pero igual se olvidaban de mí; tienen su propia vida y ahora todo se repite —como yo cuando abandoné a mis padres para empezar la mía—.