Fueron dos inauguraciones en poco menos de un mes, y en ambas se repitió la misma postal: del lado interno del comercio, una veintena de vendedores vestidos de rojo bailaba al son de un gran éxito pop junto a un pingüino gigante; del otro, separados por una cinta roja, cientos de futuros clientes esperaban en filas de varias cuadras. A la hora estipulada, tras una cuenta regresiva marcada a los gritos, los clientes rompieron en aplausos y comenzaron a ingresar, dosificados por un guardia.