A comienzos de la década de 1980, un satélite soviético detectó lo que parecía ser el lanzamiento de varios misiles nucleares estadounidenses. El oficial de guardia, Stanislav Petrov, sospechó que algo no encajaba y decidió no informar de un ataque inminente. Tenía razón: los sensores habían confundido reflejos del sol sobre las nubes con misiles reales. Aquella decisión evitó una posible escalada nuclear durante uno de los momentos más tensos de la Guerra Fría. Chernóbil, otra vez.