Sin saber cómo, me encontré en el vagón de un tren que viajaba por la noche. Era un tren antiguo, con vagones de madera, luces tenues y cálidas, asientos forrados en cuero marrón oscuro y ventanas con persianas de metal. No había aire acondicionado, solo algunos ventiladores de techo que apenas movían el aire sofocante. La velocidad del tren y las ventanas abiertas generaban una brisa leve, que transformaba el viaje en una experiencia menos tortuosa, casi placentera.