Una madrugada de mayo, entre campos y carreteras secundarias en los alrededores de Celrà, en Girona, un enorme rostro de barba poblada emergió de la oscuridad e iluminó el cielo. Era Antoni Gaudí. La mirada del arquitecto, dibujada por un enjambre de drones, buscaba aquella noche, sin encontrarla, la Sagrada Família.