No sería la primera vez que el mundo se acaba. Se acabó cuando cayó Roma y el orden imperial se volvió una ruina administrada. Se acabó con la peste negra, cuando Dios guardó silencio y la muerte se volvió estadística. Se acabó en 1492, para quienes jamás escribirían su versión del “descubrimiento”. Se acabó en 1914, cuando Europa descubrió que la razón ilustrada también sabía aniquilar. Se acabó en Auschwitz, donde la técnica se emancipó de la moral.