Hacía tiempo que el Teatro Real no acogía una producción tan aparatosa, tan pretenciosa y, al mismo tiempo, tan profundamente vacía. El estreno de “Romeo y Julieta” de Charles Gounod –ópera en cinco actos con libreto de Jules Barbier y Michel Carré, basado en la obra homónima de William Shakespeare, estrenada en París en 1867– dejó anoche una sensación extraña y amarga: la de asistir a un espectáculo incapaz de comprender la delicadeza emocional de la obra que pretende representar.