A veces uno recibe un reconocimiento y no sabe muy bien dónde colocarlo. Si en la estantería, en la memoria o en ese lugar íntimo donde guardamos las cosas que nos emocionan de verdad. Eso me ha pasado con el reconocimiento Paul Harris de Rotary. Lo recibo con gratitud, claro, pero también con una emoción difícil de explicar. Porque hay premios que no pesan por el metal, ni por el diploma, ni por la ceremonia. Pesan por lo que significan. Por la gente que hay detrás. Por la historia que traen consigo.