Se supone que no debería haber nazis en la oficina.Sería muy improbable que el departamento de Recursos Humanos de una empresa estadounidense se quedara de brazos cruzados si un empleado pusiera esvásticas en su escritorio o defendiera ideas sobre la superioridad racial frente a la cafetera. Sin embargo, fuera de la oficina, la relación entre los códigos de conducta corporativa y la política del odio es menos sencilla.