Geraldine, su mujer, recuerda a todas aquellas familias rotas que tenían que comunicarse a gritos a través de la Verja: «Oye, que tu madre ha muerto», «Felicidades, ya eres tío»... «Era estremecedor», relata. «No había oxígeno para los hospitales ni vino para oficiar misa», añade. Con lo que no contaban las autoridades de la época es que aquel aislamiento deviniera en fortaleza. Muchos pensaron que esa suerte de asedio iba a quebrar la voluntad británica, que Gibraltar caería como fruta madura.