En muchas casas se cena con prisa, se habla a medias y se convive con un ojo en la pantalla. Una madre pregunta qué tal el día mientras recoge la cocina; un padre responde correos mientras su hijo intenta contarle algo importante; un adolescente entra, dice “bien” y desaparece en su habitación con precisión de ninja emocional. La familia sigue funcionando: yogures, facturas, lavadoras, dentista y alguien preguntando, con heroicidad, quién ha dejado otra vez un calcetín en el sofá.