De chica no conocía el término “vegetariana”. Pero tenía muy claro que yo era humana y que, por lo tanto, no tenía por qué andar comiendo los cuerpos de otros animales. Durante mi niñez, empecé a sentir que mi garganta era un tobogán o, mejor: un precipicio. La comida bajaba por mi esófago como si se suicidara. ¿Toda la comida? No, claro que no. En mi casa, como en casi todas las casas argentinas, se comía carne. Sobre todo, carne de vaca camuflada en milanesas.