Durante años, la vida social de muchas personas se construye casi sin esfuerzo consciente. Compañeros de trabajo, rutinas compartidas, encuentros repetidos: todo forma una red que parece sólida, constante, incluso natural. Pero al llegar la jubilación, ese entramado comienza a desarmarse. De un día para otro, desaparecen los espacios comunes que sostenían gran parte de esos vínculos, y lo que parecía cercano empieza a volverse distante. En ese momento, aparece una sensación difícil de nombrar.