Me quité las gafas, parpadeé varias veces, abrí después mucho los ojos, me los froté, volví a mirar. ¿Qué era aquello, gigantes o molinos? No lograba entender si era mi fantasía (pura pareidolia) o la bruma del Adriático que desleía cúpulas y arquitrabes: sobre las ruinas de San Pietro, en Bari, mi menda estaba viendo en nebulosa la silueta de la iglesia que ya no estaba. Atravesaban sus muros ingrávidos el viento, las nubes, los pájaros.