Se desliza en su bicicleta por pendientes en las que puede alcanzar los cincuenta, quizá sesenta, kilómetros por hora. Pendientes de pasto, tierra, lodo, arena, cemento, asfalto, escalinatas, huecos. Cualquier zancadilla... A lo lejos solo se ve una ráfaga, a un deportista que desafía el vértigo y el vacío en el estómago que debe producir estar montado en esa montaña rusa en la que convierte su bicicleta y su pista cada vez que sale a entrenar, o a competir. «¿Qué pasa?