No lo cuento con rabia ni contra mi compañero, que no tenía culpa de nada; es más, él estaba tan sorprendido como yo, y hoy incluso es motivo de risas entre nosotros. Lo cuento porque resume bien de dónde veníamos las mujeres en la ingeniería: ahí estábamos, presentes, responsables, decidiendo y firmando, y aun así pasábamos desapercibidas, como si la última palabra tuviera que ser de otro.