Durante buena parte del siglo XIX, Colombia no era un país de carreteras sino de aguas y de caminos de mulas, que se complementaban. El río Magdalena no solo atravesaba el territorio, sino que lo organizaba. Por sus corrientes circulaban noticias de otros mundos, personas, mercancías y poder. Vapores que subían desde la costa Caribe hasta el interior y viceversa reducían viajes de meses a pocas semanas, conectando un país fragmentado por la geografía.