Por supuesto, ella no sabía nada, ni conocía a su futuro marido. Todo era cuestión de política, y su papel en todo esto era obedecer, aceptar su destino y darle a su futuro marido muchos hijos. Así funcionaban las cosas en el siglo XIV. Podemos imaginar el pavor de aquella niña, cuando comprendió que sería separada de su familia para siempre, y que se iría a vivir a una corte extraña, en la que se hablaba un idioma que ella no comprendía.