Hace dos años, mientras atravesaba un divorcio que no había querido ni esperado, luché contra los recuerdos que quería olvidar: lo feliz que había estado en nuestra boda; lo orgullosa que me sentí cuando despegó su carrera profesional y qué tan firmemente creía que, si aguantaba lo suficiente, podríamos lograr que durara. Esos recuerdos me atormentaban. Creía que eran señales de qué tan ingenua había sido, una tonta. No podía escapar de ellos.