Hace dos años exactos, en el sexto aniversario de la caída definitiva del PRI, escribí que Dulce María Sauri tenía razón al decir: «Por lo menos que nuestro féretro esté envuelto en la bandera nacional». Añadí que lo mismo merecía el PRD, otro padre biológico de Morena. De aquel doble linaje salió su «sirenito»: sin cara de angelito, con cola de diablo, hijo del corporativismo tricolor y del asambleísmo perredista.