En la Grecia antigua, los Juegos Olímpicos ocurrían bajo una gran tregua llamada ekecheiria. No implicaba el cese de todas las hostilidades ni una súbita paz en el extraordinario, pero explosivo, mundo helénico. Sí suponía, en cambio, una pausa sagrada en honor al espíritu del encuentro. La tregua servía para garantizar el tránsito seguro de atletas, peregrinos y espectadores hacia Olimpia.