“¿Por qué los adultos hacen eso?”. La pregunta se la hizo L., la mayor de seis hermanos de Misiones, a la jueza que seguía su caso cuando le explicó que, sino aparecía una familia dispuesta a adoptarlos juntos, deberían separarlos. L., que tiene 12 años, no lo entendía. No quería perder lo único que había permanecido intacto durante toda su infancia: el vínculo fraterno.