Durante buena parte del siglo XX se sostuvo la expectativa de que el progreso científico, la expansión de la democracia y la creciente interdependencia económica conducirían gradualmente a sociedades menos violentas. Después de Auschwitz, Hiroshima y los campos de exterminio, la humanidad parecía haber aprendido que ciertos límites no debían volver a cruzarse.