Celebré, como es natural, la victoria de España en Dallas, pero al llegar la noche me quedaba en el cuerpo una inquietud, de esas que pueden llegar a desvelarte (no fue el caso), sobre qué ocurriría horas después en Seattle. El “mensaje” prepotente de Trump no buscaba solo demostrar urbi et orbe que él mandaba también en eso, sino, como de costumbre, humillar, en este caso a Bélgica, donde se residencia la unidad de Europa. Me sentía mental y emocionalmente solidario con los belgas.