Mucho antes de los relojes inteligentes, de los cronómetros deportivos y de cualquier tecnología digital, medir el tiempo con exactitud era uno de los grandes desafíos de la ciencia y la ingeniería. A finales del siglo XVIII, los relojes de bolsillo acompañaban la vida cotidiana de la aristocracia, los comerciantes y los exploradores. Sin embargo, tenían un enemigo silencioso: la gravedad.